El avión asciende hasta los 3000 metros.
Una última mirada al vacío y me lanzo con determinación.
Miles de saltos me califican como experto. Sin embargo, sé,
a ciencia cierta, que multitud de factores pueden dar con mis huesos en el duro
suelo. A medida que el paracaidismo se convirtió en algo más que un deporte, fui
tomando conciencia de los riesgos que asumía, y esto, que puede asustar al común
de los mortales, fue para mí un motivo más para seguir saltando. Después de un par de minutos de caída libre, abro mi paracaídas
“Cross Brand”. A través de los mandos, consigo dirigir mi vuelo hasta el punto
acordado previamente.
Mis pies tocan el suelo de un mundo que ya no comprendo. Si
todo fuera tan fácil, pienso para mis adentros. Divorciado tres veces, con
varios hijos que no conocía ni me conocían. Arruinado por una inversión a
destiempo. Sin hogar permanente, y sólo, muy sólo.
Desde niño, siempre había envidiado a los pájaros. Sus
vuelos aprovechando las corrientes de aire, sus descensos, en algunos casos
vertiginosos, me atraían más que cualquier cosa en el mundo. De manera que me
convertí en ornitólogo sin apenas proponérmelo. Un paso lógico para un niño que
solía arrastrar una pequeña libreta donde anotaba todo lo referente a cualquier
cosa que volara.
¿Dónde estás ángel de la guarda?
¿Por qué dejé de sentir placer cuando follaba?
¿Cómo se vive en una tierra sin cielo?
Está oscuro y abro la ventana, un aire apagado y frío me sacude el alma. Salto
con determinación. Una caída libre a más 100 Km/hora.
Mi último salto.
Sin paracaídas...
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